Ejemplos de pequeños textos creados en el taller.

 

 

         

          Desde aquí, gracias a  Isayesa  y a La Vaquera de la Finojosa que me han cedido los siguientes textos:

 

 

Ejemplos de mini literatura: En el subgénero de microrrelatos, existen textos  narrativos  brevísimos que usan un lenguaje preciso y se sirven de la elipsis para contar una historia.

 

 

Y cuando encendió la luz se dio cuenta de lo bien que vivía en la oscuridad.

 

Al levantar la vista descubrió el cielo, al bajarla el cielo se le cayó encima.

 

Estaba todo el día enfadado, cuando ella se marchó tuvo que acostumbrarse a hablar con las plantas.

 

Cuando veía su reflejo sin querer en un escaparate o en un espejo, a veces no se reconocía.

 

Cuando se  escuchaba contestándole, su voz le recordaba a la de esas máquinas que a veces contestan las llamadas telefónicas.

 

Se cayó por un precipicio y al llegar al suelo dijo: –al menos,  ahora estoy solo-.

 

Buceando en la profundidad del mar encontró un tesoro, pero pensó que era mejor no subirlo a la superficie para que todo siguiera siendo como era hasta entonces.

 

Le tocó la lotería y entonces dejó de ser un afortunado.

 

Cuando la nevada se deshizo todo  lo que quedó al descubierto era nuevo. 

 

Decidida a correr tras él no pudo hacerlo, no  encontró las zapatillas.

 

Cuando despertó, se dio cuenta de que todo lo soñado le quedaba por vivir y se levantó deprisa.

 

La dura vida de un hombre que no podía parar y no tenía nada quehacer.

 

 

           Tras la lectura del poema "El libro de las preguntas" de Pablo Neruda, en el taller escribimos las nuestras. Estas son algunas de las preguntas nerudianas de Isayesa.

 

¿Por qué se  contagia el llanto de las cebollas cuando se parten?

 

¿Por qué no se acaba el cielo si cae a trozos  cuando llueve?

 

¿Qué es la arena mojada, mar o playa?

 

¿Por qué duele una patada aunque no te haga daño?

 

¿Por qué solo la luz brilla en la oscuridad?

 

¿Por qué a veces lo que más te gusta es lo que menos te conviene?

 

¿Para qué  se lleva el viento las hojas, si luego las deja abandonadas?

 

Diciendo te quiero, ¿el amor crece?

 

La huella de un beso, ¿se borra con otro beso?

 

Las caricias, ¿saben conducir o alguien las guía?

 

Si acaba el mar y empieza el cielo, entonces, ¿el horizonte está mojado?

 

Cuando repites varias veces una palabra, ¿por qué en vez de más conocida te suena extraña?

 

¿Podemos estar seguros que de la vigilia al sueño solo hay un segundo?

 

Si la muerte te encuentra dormida, ¿podría ser un bonito sueño sin fin?

 

¿Por qué preocuparte de la muerte, si crees que después no hay nada?

 

¿Por qué cierro los ojos para verte?

 

 

 

La fuente de Padín de L. Q.

 

Mi abuela vivía en una casita al lado de la fuente de Padín, en Riveira, que está en la punta de la ría de Arousa, cerca de la Costa da Morte.

Un lugar idílico, cerca del mar, siempre verde, con gentes de dulce acento y zalameras maneras. Eso es a simple vista, porque en realidad taimadas, bastante retorcidas y poco claras. No todas, pero sí muchas. Si eran canallas que cuentan las malas lenguas que ponían velas encendidas en los cuernos de las vacas y las soltaban cerca de los acantilados para confundir a los barcos durante el temporal, y que se estrellasen contra las rocas. Al día siguiente bajaban a la playa para recoger los restos del naufragio.

Mas esa es otra historia, y hoy os quiero contar la de Padín, el que da nombre a la fuente a la que me refiero al principio de este cuentecillo.

Padín era hijo de Roldán, el de la Chanson, y una sirena de la que no conocemos ni nombre ni filiación. Cómo pudieron engendrar a Padín es un misterio que todavía hoy intriga a los expertos; mucho debieron quererse Roldán y la sirena para superar tamaño obstáculo, ya que sabido es que el cuerpo de las sirenas es mitad hermosa doncella, mitad pez, probablemente atún, que pasa por el ser el más estilizado y bello de los peces que en la mar se encuentran, además de poseer la sangre más caliente. Hay que reconocer que el comercio carnal resulta harto dificultoso con estas características morfológicas.

Los padres de Padín se conocieron probablemente en la lejana Bretaña francesa, de la que era prefecto el susodicho Roldán. Tierra de costas agrestes, batidas por furiosos oleajes, lluvias constantes y verdor exuberante, muy parecidas a las galaicas. Allí consumaron sus amores, partiendo a continuación ella para la mar bravía y él a servir al emperador Carlomagno en su lucha contra los sarracenos.

El caso es que al llegar a término su embarazo[1] la susodicha sirena fue a dar a luz a la playa de Arosa, al lado de Riveira, probablemente atraída por su similitud con las tierras del norte francés. Es difícil calcular las fechas, aunque sabemos que la batalla de Roncesvalles, en la que se distinguió nuestro héroe Roldán, debió de acontecer en las postrimerías del siglo octavo, Y allí, al borde del mar, acudieron unos pescadores que oyeron  el canto de la mamá sirena, y recogieron al niño, al que pusieron por nombre Palatinus, en recuerdo de su padre el paladín Roldán. De Palatinus, por corrupción, devino en Paadín, Padin, y así fue conocido en adelante.

La nereida madre pronto se hizo de nuevo a la mar, quedando el niño al cuidado de una opulenta nodriza que lo sacó adelante junto a su hijo también recién nacido. Las sirenas no pueden amamantar a sus hijitos medio humanos por el sabor acre de su leche, por lo demás bastante destemplada y poco apetecible para los niños de pecho. Así pues, quedó Padín huérfano de padre y madre nada más nacer, y fue adoptado por el ama de cría y su marido, un pescador, pasando a formar parte de una numerosa familia, algunos propios y otros acogidos. El municipio pagaba a la ubérrima matrona por criar a los niños que sobrevevivían a sus madres muertas en partos difíciles, y la casa siempre estaba llena de criaturas, que poco tiempo disfrutaban de su infancia, pues pronto eran embarcados o enviados a las minas de plata los niños y a servir las niñas.

Transcurrió la infancia del medio sireno como la de un zagal más, y desde bien pequeño destacó por su carácter bravío y su pelambrera roja. Heredó de su madre el tono de su cabello, la carencia de ombligo y su afición a cantar frente al mar. Esto le valió para quedarse en tierra, ya que el cura del pueblo lo eligió para que actuase con su bien templada voz en misas y oficios divinos. Por lo demás era tal como describe a  su padre la leyenda: arrojado, impetuoso y enamoradizo, especialmente de las novias y mujeres ajenas. Tenía mucho encanto el rapaz, y sedujo a la hija del alcalde dejándola preñada, a resultas de lo cual hubo de salir huyendo de Riveira con nocturnidad y alevosía para no ser presa de la ira del padre burlado.

Y así se repitió la historia, dejando Padín sin padre a su hijo y marchando a correr mundo, y no se volvió a saber de él. Sabemos de este hijo, y debió de hacer bastantes más por Galicia, ya que son los muchos los que dicen descender de sirenas en aquellos lares, e incluso en muchos escudos nobiliarios aparecen sirenas, como recuerdo orgulloso de Padín, el hijo de aristocrático héroe y encantadora sirena.

Termino afirmando que lo mismo que de las meigas podríamos decir de las sirenas: “eu non creo nas sereas, mais habelas, hainas”[2]. Y no pienso enseñaros mi ombligo.



[1] ¿Cuánto durará la gestación de un sireno: nueve meses como un humano, doce como una ballena o  un delfín, o las escasas 24 horas, que es lo que tarda en fecundar el esperma del atún macho los huevecillos de la hembra? Me inclino a pensar que nueve meses, más que nada por la proporcionalidad: serían ¾ de niño frente a solo ¼ de pez.

[2] “Yo no creo en las sirenas, pero haberlas, haylas”.

 

 

Notas: La imagen de la sección es un poema visual o caligrama de Guillaume Apollinaire (publicado en 1918),  titulado "Reconócete". Está en "Caligramas. Poemas de la paz y de la guerra".

 

Los textos de Isayesa y de La Vaquera de la Finojosa tienen derechos de autor.