Las Emociones: Una de Cal y otra de Arena

14/09/2012

 

“Gracias a la vida que me ha dado tanto,

me ha dado la risa y me ha dado el llanto,

con ellos distingo dicha de quebranto,

los dos materiales que forman mi canto,

y el canto de todos

que es mi propio canto”...

 

... así canta la voz de Violeta Parra y con razón: las emociones son la sal de la vida; pero, también es cierto, que cuando ellas están bloqueadas o ignoradas son la raíz de la mayoría de nuestras quejas psicológicas e, incluso, físicas.

 

Las emociones sanas se caracterizan por ser intensas, de corta duración y necesarias en el contexto de las circunstancias que nuestro organismo las desencadena.

 

La gran función de las emociones es que permiten conectar a quien las experimenta con el sentido y con la valoración de su experiencia; de tal modo, que la emoción le permite fluir, crear y crecer a través de los distintos momentos de su experiencia.

 

Así como existen cinco colores básicos, de cuya combinación surge todo el abanico de tonalidades, así mismo, existen cinco emociones básicas de cuya combinación surge toda la gama de nuestras respuestas emocionales.

 

Las cinco emociones básicas son: alegría, amor, tristeza, miedo y rabia.

 

Amarilla es la alegría. Nos permite conectar con aquello que nos causa placer. Ella se experimenta como un impulso leve y ascendente en lo que estamos viviendo. Nos mueve a la acción. Se irradia luminosa y espontáneamente hacia afuera. La alegría nos dispone en forma positiva al exterior.

 

Blanco es el amor. Nos permite experimentar el vínculo que establecemos con personas, animales, situaciones, incluso objetos. El amor nos moviliza a la unión, al contacto y a la protección de todo aquello que amamos. El vínculo amoroso es el gran proveedor del sentido de vivir. Su gesto siempre es la aproximación.

 

Azul es la tristeza. Nos permite experimentar el dolor cuando perdemos algo de aquello a lo que nos sentimos vinculadas. El dolor de experimentar la pérdida de una relación muy valiosa, nos conecta con la pesadez, la sensación de descenso y de oscuridad que, también, forman parte de la vida. Los gestos de la tristeza nos retraen del contacto con el exterior, creando un espacio interior para digerir y asimilar en el espacio vacío de lo perdido, un nuevo sentido a muestra existencia.

 

Cuando percibimos amenazadas nuestra integridad física-psicológica y/o nuestros vínculos con otros; es decir, cuando percibimos amenazados nuestros límites, se activan las emociones de la respuesta violenta, las que dejan a nuestro cuerpo tembloroso, fatigado, oliendo a adrenalina, cargado de contracturas. Son las dos emociones que caracterizan al estrés: el miedo y la rabia.

 

El miedo es negro. Es la reacción de escape y de evitación cuando conectamos con nuestra vulnerabilidad y fragilidad, con nuestros limitados recursos para enfrentar las amenazas percibidas. Los gestos del miedo son la prudencia en un extremo y la evitación en el otro.

 

La rabia es roja. Es la reacción defensiva u ofensiva de ataque. En la rabia nuestro cuerpo se enfrenta con palabras y gestos al rechazo de aquello que vivimos como opresivo. Es la expresión del «¡ya me vale!», que nos permite cambiar y avanzar. El gesto de la rabia es la separación de lo otro.

 

En demasiadas ocasiones no sabemos ponerle nombre a lo que sentimos, o se lo negamos, o lo contenemos, o lo transformamos en otra cosa. Es, entonces, cuando comienzan a formarse otras emociones más complejas y que son fuente de sufrimiento, malos entendidos, desencuentros, malestares corporales e, incluso, enfermedades graves.

 

Cuando la combinación de las emociones básicas fluye mal, encontramos emociones como la envidia, los celos, la vergüenza, la culpa o el desamparo. Ellas son extremadamente comunes y surgen tempranamente en la experiencia de un niño. Se mantienen como hábitos mentales rígidos para enfrentarse y experimentarse a sí mismo y a las relaciones con otros, formando parte de la identidad.

 

Además, existe otro grupo de emociones que surgen de la transformación positiva de las emociones básicas en el curso de la madurez. Son las que aprendemos en la Universidad de la Vida: la esperanza, la paciencia, el sentido de la experiencia, la trascendencia...

 

De esta mezcla de colores y emociones seguiremos hablando otro día...

 

Gracias por vuestra atención,

 

Ps. Mª Antonia Vargas Truyol