La Rabia: sus Más y sus Menos (6)

17/09/2012

 

            LA RABIA: A modo de integración  de conceptos (6)

 

            Al finalizar este taller, escribo estas líneas con la esperanza de que juntas hayamos aprendido algunos conceptos que nos “socorran” en el momento de enfrentarnos a circunstancias que nos sean conflictivas, como es, por ejemplo, distinguir algunos de los afectos en el polo de la agresividad: disgusto, rabia, ira, furia explosiva. Aprender a aceptarlos, asumirlos como una realidad nuestra y reconducir esas reacciones en beneficio propio.

 

Los disgustos y rabias derivados del stress cotidiano, son más fáciles de reconocer y de controlar a través de técnicas de relajación. No obstante, no es posible ahorrarse el esfuerzo de reconocer la tensión y de hacer algo para aliviarla. Absolutamente nadie lo hará por nosotras.

 

Estos disgustos y rabias cotidianos, si son recurrentes, son importantes y deben ser oídos. Al hacerles oídos sordos, a la larga,  podemos transformarlos en síntomas físicos y psicológicos desagradables. Por otro lado, estos disgustos son señales de cosas que, muchas veces, estamos haciendo desde la obligación, el hábito, en contra de nuestro deseos y que si nos detenemos a re-considerar las situaciones en las que nos activamos desde la rabia, podemos planteárnoslas de una manera más amable.

 

La fábula de Apuleyo sobre Psiquis y Eros[1], muestra la importancia que tiene darles tiempo y espacio a nuestras emociones y sentimientos (por dolorosos que sean), para aprender a reconocer qué nos pasa y, sólo a partir de ello, de lo que nos pasa, crear una solución o, al menos, empezar a bosquejar una estrategia que tienda a la búsqueda de nuestra paz interior.

 

No podemos olvidar que rabia y miedo son dos caras de la misma respuesta psico-fisiológica y la una conlleva a la otra.

 

Por otro lado, la antiquísima fábula de la transformación de la joven Medusa en un monstruo despiadado y temible, muestra cómo la ira furibunda, con raíces antiguas, fundada en hechos injustos y dolorosos, sí no se digiere acaba transformándose en destructividad[2].

 

Hacia fuera, esta destructividad, se manifiesta como necesidad de desquite y de venganza (muchas veces indiscriminada); de forma más sutil, toma la forma de autoafirmación compulsiva. Hacia adentro, esa destructividad es parálisis energética, autodesprecio, lamento y dolor inagotables.

 

Es cierto que ambas formas de plantarse en el mundo, son intentos de búsqueda de un modo de afirmarse a sí misma, de reclamar poder y dignidad.

 

No obstante, son intentos fallidos. El único modo de recuperar el poder y la dignidad es asumiendo los lamentables e injustos hechos y  distinguir lo que hemos acabado haciéndonos a nosotras mismas a causa de ello; tal como hizo Medusa, cuando descubrió su verdadera imagen en el reflejo del escudo de Perseo. Esto, para “cortarnos de cabeza”; expresión que es una metáfora para decir que más que cambiar de peinado, cambiamos las ideas, recuperamos la capacidad de dar vuelta la página en un afán de seguir con nuestra vida.

 

De alguna manera, la ira que permanece en el tiempo es la esperanza al revés, es el deseo de convertir al otro en alguien que me considere, es la esperanza de que el otro cambie y sea lo que yo necesito.

 

 

En este sentido, cuando te veas presa de grandes enfados, no estaría mal que te preguntaras y te repondieses a ti misma:

 

¿Para qué necesito que fulana o mengano me consideren?

 

¿Para qué espero que XXX me den lo que yo necesito?

 

¿Qué necesito?  ¿Qué deseo?

 

¿Cómo me impido llegar a aquello que necesito por otro camino?

 

Al comenzar el curso, les comenté que muchos estudios más o menos científicos y obras artísticas de todas las formas de expresión creativa, se han llevado a cabo intentando elucidar la respuesta a la famosa pregunta “¿Qué quieren (qué queremos) las mujeres?”.[3]

 

En gran medida, la dificultad que encierra este asunto se origina en la desconexión histórica que tenemos las mujeres con nuestros deseos. Pues dónde la Naturaleza puso el deseo, el cuerpo, la educación nos llenó de: atender a..., salvar a..., sacrificarse por..., posponerse lo que haga falta en beneficio de..., justificar nuestra existencia en un hacer a todas horas, en logros y más logros, incluso en nuestra remuneración económica y todo esto mejor si es en silencio de forma invisible, que calladitas somos más graciosas y con cuidado de estar en boca de nadie y, de ninguna manera, distinguirnos...

 

En 1967, cuando las mujeres comenzábamos a quejarnos de nuestra situación, una jovencísima Aretha Franklin, respondía a la pregunta cantando: “Respeto, lo que yo quiero es respeto”.

 

Pero es difícil que nos den respeto si antes no nos lo damos a nosotras mismas. Y el auto respeto comienza escuchando a nuestro cuerpo, nuestro deseos y apostar (e invertir) en ellos.

 

Uno de los primeros obstáculos con el que nos toparemos es con el arcaico concepto de  ser buena, ser generosa, desde donde el apostar e invertir (tiempo, energía, dinero) en lo propio se ve como ser mala: nos suele dar miedo manifestar lo que nos disgusta, nos parece que habla mejor de nuestro dominio interior el no abrir un conflicto, nos sentimos incómodas cuando sentimos emociones feas y negativas, nos parece que somos malvadas si rechazamos asumir parte del malestar de otro...

 

En esta línea de la maldad, hemos explorado un poco en nuestro lado malo y espero hayamos descubierto cuánta fortuna hay esperándonos tras la pantalla de lo políticamente correcto. Eso sí, necesitamos valor, auto disciplina y muchos “no”.

 

También espero que en un futuro sigamos metiendo la patita en nuestra oscuridad, buscando el sentido de la envidia, los celos, la culpa...

 

Y, para terminar, esta  pequeña auto-evaluación para echar una última miradica a tu nivel de alerta en relación con tu capacidad de vivir una vida plena y responsable:

 

 

 

N0

--+

- +

-++

 

¿Eres capaz de distinguir qué es lo mejor para ti?

 

 

 

 

 

 

¿Eres capaz de protegerte de aquello o aquellos que interfieren con lo que sabes que necesitas?

 

 

 

 

 

 

 

¿Sabes reconocer qué amistades te favorecen?

 

 

 

 

 

 

¿Puedes dejar atrás los vínculos y las historias que te hacen daño? (dar vuelta la página)

 

 

 

 

 

 

¿Actúas con esfuerzo y dedicación para realizar tus proyectos y metas?

 

 

 

 

 

 

¿Vas al encuentro de aquello que intuyes puede expandir tu horizonte vital?

 

 

 

 

 

 

 

¿Eres capaz de defender tus deseos, tu esfuerzo, tu logros?

 

 

 

 

 

 

¿Estás segura que comprendes que solo tu puedes rescatarte (de tu rumiación mental, tu soledad, tu apatía, tu necesidad de cuidado físico, tus conflictos con otros, tu adicción al tabaco, tu ganar kilos, tu rabia...)?

 

 

 

 

 

 

            Id a ver la película francesa “Tout pour plaire”, de Cécile Telerman (2005), cuyo título fue traducido en España  como ¿Por qué las mujeres siempre queremos más?, que se aleja bastante del título original, más cerca de un Todo para agradar. Allí podéis encontrar ocasión para reflexionar sobre vuestras estrategias para ser queridas.

 

Para saber más:

 

JOHNSON, R. (2006). ELLA. Para entender la psicología femenina. Gadir Editorial, Madrid.

 

VALENTIS, M. Y DEVANNE, A. (1996). La furia femenina, Gaia ediciones, Madrid.

 

MURDOCK, M. (1999). El viaje heroico de la mujer. Gaia Ediciones, Madrid.

 

THOMAS, A.G. (1999). Esa mujer en que nos convertimos. Ed. Paidós Ibérica, Barcelona.

 

PINKOLA ESTÉS, C. (1992/2001). Mujeres que corren con lobos. Ediciones Suma de letras, Madrid.

 

 



[1] Esta fábula del griego Apuleyo (año 180 d de C), inscrita en su Metamórfosis (El Asno de Oro), ha sido descrita como una metáfora del viaje iniciático de la mujer.

 

[2] Existen 3 versiones "oficiales" de la historia de Medusa con tadas por  autores de la antigüedad:  Hesíodo (griego), en su obra Teogonía;  Ovidio (romano), en su obra Metamorfosis; y el griego Apolodoro, en la recopilación llamada Biblioteca Mitológica.

[3] Se refiere a una famosa cita de S. Freud: «La gran cuestión... que no he sido capaz de responder, a pesar de mis treinta años de estudio del alma femenina, es ¿Qué quieren las mujeres?»