La Rabia: sus Más y sus Menos (1)

17/09/2012

Las emociones son el material con el que construimos la vida. Por esto es tan sano permitir que ellas fluyan por nuestro cuerpo, vivirlas, nombrarlas. Y, por esto mismo, es cierto que cuando ellas están bloqueadas, ignoradas, o exacerbadas, son, también, la raíz de la mayoría de nuestros problemas.

 

Las emociones sanas se caracterizan por ser intensas, afectan a todo el cuerpo y son de corta duración. Su función es conectar a quien las experimenta con el sentido y con la valoración de su experiencia. Es así como las emociones permiten fluir, detener, reparar, crear y crecer a través de los distintos momentos de la experiencia de cada una.

 

Las cinco emociones básicas son: alegría, amor, tristeza, miedo y rabia. Aquí, hoy nos ocupamos especialmente de esta última.

 

Lo primero que descubrimos es que la rabia y el miedo son próximas, tienen que ver con los mecanismos del estrés. Son respuestas auto-defensivas que se activan cuando percibimos amenazados tanto los límites de nuestra integridad física y/o psicológica como a nuestros vínculos.

 

Cuando percibimos que la amenaza nos supera, respondemos con miedo; entonces, la defensa es la huída, la evitación, el desmoronamiento. Nos posicionamos en el polo de la vulnerabilidad.

 

Por el contrario, cuando percibimos que la amenaza es inferior a nuestra capacidad de respuesta, respondemos con rabia. Entonces la defensa es el ataque, la estrategia ofensiva. Nos posicionamos en el polo de la potencia.

 

Es habitual que con gran facilidad las mujeres cambiemos la tonalidad de nuestra experiencia subjetiva a fin de adecuarla a lo que hemos aprendido acerca de quienes somos. En otras palabras: ajustamos nuestra realidad emocional a la imagen que creemos que los demás tienen de nosotras o la que queremos que los otros tengan y, lo más grave, nos auto-engañamos distorsionando nuestra subjetividad según nuestra auto-imagen.

 

Es así como en este eje de amenaza-rabia-miedo, lo habitual es que pasemos del miedo (que nos retraigamos frente a la amenaza), a la rabia (que nos mostremos iracundas cuando la amenaza está ausente) y viceversa.

 

Además, a algunas mujeres les es muy duro contactar con su vulnerabilidad, entonces se muestran agresivas, bruscas, distantes, hiperactivas, incluso solícitas. Los otros dependen de su gran potencia.

 

Otras mujeres, no se permiten a sí mismas mostrarse violentas y les sale la autovictimización, el desamparo, la queja y el aguante rumiante. Los otros son los responsables del dolor personal.

 

Ahora nos vamos a centrar en la rabia simple y llana. Existen diversas palabras para describir sus matices según su intensidad y su duración. Es así como desde el desagrado corporal que señala el disgusto hasta la exaltación impetuosa del rechazo descrita en la furia, se pueden graduar las respuestas intermedias como enfado, rabia, ira o cólera.

 

Las expresiones coloquiales “estoy negra” o “estoy quemada”, subrayan el calor y fuego en el cuerpo, propios de la rabia que inunda y quema por dentro.

 

Todo este conjunto apunta a una clase de experiencia subjetiva de sobrevivencia potente, la de la necesidad de diferenciar al Yo de aquello que amenaza sus límites o le impide expandir sus límites.